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Junio 06, 2008 ¿Realmente vamos hacia una nueva Edad Media?
Cuando se leen noticias como la del preso olvidado en la cárcel de Albolote (Granada) durante más de un año, le vuelven a uno recuerdos de su infancia, cuando en novelas como Ivanhoe encontrábamos las inquietantes figuras de los cautivos en las mazmorras de los castillos medievales, de los que nadie recordaba el motivo que los había llevado allá, y menos aún si podrían salir en algún momento. Afortunadamente, en el caso al que nos referimos, el preso terminó siendo liberado, y se ha condenado por ello a la Juez de Motril. No obstante, se ignora que se haya concretado la responsabilidad del Fiscal del caso, los abogados, los funcionarios del Juzgado y del propio centro penitenciario de Albolote; y por otra parte, la lectura de la sentencia dictada es intranquilizadora en cuanto permite apreciar que no existen en nuestro ordenamiento previsiones que automaticen de algún modo la revisión periódica de la situación personal de los presos, para evitar que se reitere el mismo error, de modo que hoy día tales comprobaciones se dejan a la iniciativa personal de los funcionarios mencionados. En cualquier caso, la primera impresión ante la noticia, esto es, ver en ella reflejos actuales de la Edad Media, o, más exactamente, de una cierta imagen que existe de dicha época, dista de ser un caso aislado: Ya en los años veinte Nicolás Berdiaev planteó la hipótesis de la medievalización de la sociedad occidental, y más recientemente, tanto antes como después del fin de la guerra fría, la citada línea argumental ha sido retomada por autores como Hedley Bull (1977) o Alain Minc (1993), el cual cita como ejemplos las particularidades de los conflictos bélicos desatados en los Balcanes. Estas tesis, simplificadas y repetidas por los medios de comunicación, y mezcladas con tendencias de gran éxito en la literatura y el cine, etc., han hecho de la expresión “regreso a la edad media”, o “nueva edad media” un lugar común (con todos los pros y contras que ello implica). Para justificar tales planteamientos, se citan como elementos “neo medievales”, entre otros, diversas tendencias o situaciones sociales que se dan en mayor o menor medida en diversas zonas del mundo: - La multiplicación de conflictos violentos no reducibles a una unidad simplificadora, como aparentemente sucedía en la Guerra Fría. Otros elementos que podrían considerarse “neomedievales” no son tan evidentes, pues no dan lugar a sucesos llamativos frecuentes, de modo que forman parte de un ambiente que sólo de vez en cuando llama la atención. Así, la descolonización en los años cincuenta y sesenta, que parecía tender hacia una etapa de homogeneización política, basada en los principios de la Declaración Universal de 1948, ha evolucionado en una dirección contraria: - Por un lado, la abdicación de los paises occidentales (incluida Rusia entre ellos) de su intento histórico de implantar su sistema de valores como universal, y la vuelta a una convivencia de diferentes sistemas de valores y jurídicos, que ya sólo nominalmente mantienen como referencias comunes los textos aprobados por Naciones Unidas, y que cada vez más tienden a establecer explícitamente la diversidad de derechos de las personas según la cultura o el Estado en que se encuentran (“multiculturalismo”). - Simultáneamente, la aparición de una fuerte tendencia en los paises occidentales al “aislacionismo” o “no intervención” incluso en casos de crisis total de Estados (Somalia, Congo, Sudán) o de inseguridad internacional (piratería en los estrechos de Aden y de Malasia). - Por último, a través de la inmigración, la introducción en nuestras sociedades del debate de la multiculturalidad y de la diversidad de derechos en función de la pertenencia étnica o religiosa [a la que se alude en la entrada anterior de este blog]. No obstante, a estas tesis “neomedievales” pueden hacerseles, desde el punto de vista de su base empírica, una crítica profunda, pues puede comprobarse que los teóricos del “neomedievalismo”, que se enfrentan a claras diferencias entre la situación que pretenden haber encontrado y la realidad social, no logran resolverlas de modo satisfactorio, pues en algunos casos simplemente las ignoran, mientras que en otros intentan eludirlas a través de piruetas lógicas como la “similitud por oposición”. Esta última “técnica” les sirve para abordar, por ejemplo, temas como la superpoblación, las comunicaciones, la urbanización, las lenguas internacionales, que se encuentran en polos opuestos hoy y en la Edad Media. Por otra parte, y como objeción principal, las tesis “neomedievales” tienen generalmente como elemento central el determinismo histórico (cuya realidad no justifican en absoluto), de modo que tienden a considerar la existencia de ciclos históricos inexorables, en los que a una etapa de avance seguiría otra de retroceso. Argumentan la supuesta evidencia de tal oscilación histórica sobre la base de haberse demostrado inexacta la utopía decimonónica del progreso contínuo de la humanidad, tras las catástrofes bélicas, alimentarias, sanitarias, etc., sufridas en el siglo veinte. No obstante, deliberadamente excluyen de su consideración planteamientos más complejos, que dan cabida a la existencia de diferentes posibilidades de evolución histórica ante las cuales las personas y sus grupos pueden elegir, en la medida de sus posibilidades y circunstancias. En este sentido, vuelven a ser interesantes las ideas de autores como Arnold J. Toynbee (en su "Estudio de la Historia"), que pese a poder ser criticadas fácilmente por intentar reconducir la complejidad de las sociedades humanas a un número limitado de “civilizaciones”, no dejan de ser útiles al plantear un modelo de análisis en que la evolución de estas formas sociales puede abordarse teniendo en cuenta no sólo las circunstancias materiales (climáticas, económicas) sino también los efectos de las opciones o decisiones libremente tomadas por las personas y grupos (y de las que por tanto son responsables), en su relación con los desafíos que se le presentan y con otros grupos sociales, internos y externos, así como la influencia de esquemas de pensamiento que les aportan dinamismo o por el contrario las llevan al estancamiento o destrucción. En este sentido, cabe recordar que Toynbee critica el determinismo de Oswald Spengler, que en tantas otras cosas es su precedesor en el análisis de la historia. Autores posteriores, como William McNeill, han continuado esta línea de investigación, aunque puedan haber sido oscurecidos por autores más populares como Francis Fukuyama o Samuel Huntington, que proponen explicaciones tal vez más simples a las perspectivas de nuestras sociedades. En definitiva, es cierto que nuestras sociedades se encuentran inmersas en procesos de cambio social y político, al igual que el entorno mundial, pero puede ser demasiado simple y apriorístico encajar estos cambios en una pretendida evolución hacia una nueva Edad Media, pues hay múltiples elementos que, por un lado, muestran que lo que sucede actualmente dista en muchos aspectos de asemejarse a lo que acaeció al inicio del Medievo, a la vez que nos hacen presente que en su mayor parte, lo que suceda dependerá de decisiones voluntarias de los ciudadanos y sus organizaciones, privadas y públicas, bien por acción, bien por omisión y pasividad ante las acciones ajenas. Posted on 6 Junio 2008 Trackback PingsTrackBack URL for this entry: CommentsLo mejor para evitar estos casos es que Pepiño opine e interfiera el normal desenvolvimiento de la justicia, seguro que lo arregla, lo de Obama comparado con ésto no es nada. Posted by: juan jose at Junio 9, 2008 06:11 PM Post a comment |
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