Julio 11, 2008
ALGO SOBRE EL AMOR Y OTRAS COSAS por JOSÉ MARÍA CERVELLÓ.
Hablar del amor es muy difícil porque todo esta dicho y se puede caer en toda clase de topicazos y tonterías.
Voy a intentar hablar de sus consecuencias.
Hace tiempo leí una teoría que me impactó y voy a intentar recordar (pese a no ser un experto en esta materia):
Los hombres no somos sujetos sino instrumentos de otra cosa que es la vida y su transmisión.
Veamos: el ADN sale de nosotros cuando estamos vivos y por medio de un espermatozoide fecunda un óvulo de un ser vivo. Cuando los padres mueren, son cenizas, pero hay una parte suya que sigue viva en otra persona, y así sucesivamente.
El objetivo esta cumplido: el ADN sigue y nosotros estamos muertos.
La vida sigue y nosotros no hemos sido más que un eslabón de la cadena, aunque algo nuestro siga vivo.
En la evolución de la especie humana primero apareció el instinto de reproducción al que siguió el placer sexual como estímulo.
No sé si el amor estaba desde el principio o apareció en un momento posterior del desarrollo cerebral. En todo caso, el amor es un sentimiento que radica en el cerebro.
Tenemos, pues, un procedimiento físico-químico, por una parte, y el amor como sentimiento controlado por el cerebro, por otro. Hay instinto y cerebro, como casi siempre.
En el principio de los tiempos surge algún tipo de matrimonio y con los hijos, la familia.
¿Qué pasaba en España en 1950?.
1-El matrimonio era religioso, con algunas excepciones civiles, mal vistas socialmente. Se rige por el derecho canónico, siendo indisoluble y sólo cabe la anulación.
2-Los hijos habidos fuera del matrimonio eran ilegítimos, con derechos casi inexistentes. Además había una clasificación pormenorizada y vejatoria según la situación de los padres. Jamás entendí que culpa tenían esos hijos.
3-La mujer casada no tenia, prácticamente, capacidad civil patrimonial.
4-Si la mujer casada cometía adulterio, estaba penado. Si era el marido, no era delito.
5-Los malos tratos quedaban en casa; había una especie de presunción de inocencia que podía llegar hasta el asesinato, siempre a favor del marido.
6-Los anticonceptivos no existían en España.
7-El aborto estaba penalizado.
8-Hubo modificaciones en el régimen civil de la mujer (1958) y sobre el acceso a nuevas profesiones (años sesenta), quedando muchas profesiones vetadas a la mujer.
La gran modificación de la Constitución de 1978:
La gran modificación vino con la constitución de 1978. De forma tácita a su entrada en vigor, y con todo el desarrollo legislativo posterior y los efectos de la entrada de España en las instituciones europeas.
Hasta llegar a la SITUACIÓN ACTUAL:
Si hemos sistematizado la situación en 1950, vamos a ver que ha pasado y cual es la situación ahora.
He puesto números que, en lo posible, se corresponden, para hacer más fácil la comparación.
1-El matrimonio canónico y civil está en plan de igualdad.
Se ha regulado el divorcio y, últimamente, el llamado divorcio express.
2-Los hijos son todos iguales sin que haya discriminación.
3 y 4- Hay igualdad entre el hombre y la mujer.
5-Ha habido un cambio radical en la legislación y en la reacción social en cuanto a los malos tratos.
6- El aborto está despenalizado y se anuncia una reforma más permisiva.
8-Como se ha dicho, hay igualdad entre ambos sexos y la mujer puede acceder a todas las profesiones.
9-Muchas barreras han caído, pero sigue habiendo tareas por hacer.
Por cierto, aprovecho para hacer una rectificación. En un articulo elogié a la Ministra de igualdad llamándola paisana. Hoy quiero matizar, somos de la misma provincia, pero ella no es de Cádiz y mucho menos de Cádiz, Cádiz.
ALGO SOBRE EL AMOR:
Creo que hay que recurrir a mi primer artículo y considerar que el amor es un sorteo más, aunque con un poco de margen de maniobra.
El amor hay que trabajarlo todos los días.
Dos personalidades diferentes conviviendo, tienen que ir acoplando sus cesiones para hacer una personalidad común, sin que cada una renuncie a lo esencial de ella misma.
LOS HIJOS:
Como no tenemos hijos y no me gusta hablar de cosas sobre las que no tengo experiencia, voy tratar solo de lo que es observable.
De acuerdo con el tipo de situaciones podemos hacer la siguiente lista:
-Hijos de familia católica o civil.
-Hijos de familia numerosa o hijos únicos.
-Hijos de madre soltera, conociendo al padre o sin conocerlo, y demás variantes.
-Hijos de padres divorciados y vueltos a casar o no; con hijos de matrimonios anteriores, y con hijos comunes etc.
-Hijos huérfanos de padre, de madre o de ambos.
-Hijos adoptados.
-Hijos de padres homosexuales y todas sus variantes: adoptados, por inseminación etc.
¿Alguien podría asegurar de donde saldrían los hijos mejor formados y más felices?
Volvemos a los sorteos y no se cuanto margen de maniobra tendremos.
Quiero decir algo sobre los hijos de padres divorciados (aunque sean obviedades). Lo fundamental es el interés de los niños, que son responsabilidad absoluta de los padres y que nunca termina. Los niños no tienen ninguna culpa de las desavenencias de los padres.
Lo que veo peor es la judicialización de los asuntos que impliquen a los hijos. Si los niños pasan unos años cruciales implicados en todas esas tensiones y presiones ¿Cómo serán al llegar a los 18 años? ¿Quién será el responsable?
Como siempre, cuanto más pienso, más preguntas me surgen.
Por cierto, ya que estamos hablando de estas cosas… habrá algún prudente lector que sepa decirnos que es el AMOR….
FIN
Posted on 11 Julio 2008
Comments
No sé qué es el amor pero debe ser muy parecido a las miradas que, en tu última época como profesor, te lanzaba María Teresa por el "rabillo" del ojo mientras esbozaba una sonrisa, después de alguna de tus múltiples ocurrencias...
Posted by: Atticus Finch at Julio 11, 2008 11:53 PM
"Un sorteo con cierto margen de maniobra" es una definición bastante "sui generis" del amor y de los hijos, pero especialmente en el caso de los hijos creo que es acertadísima. Siempre me he preguntado porqué en las familias de varios hijos, siendo los padres y el amor y la educación que se les da los mismos para todos, unos salen "bien formados y felices" -por utilizar tu terminología- y otros no. Me ha encantado tu análisis. Llama a las cosas por su nombre y no se empeña en ser moralizante.
Posted by: Maria at Julio 12, 2008 08:56 PM
José María, al final nos has hecho el lío, y no has definido Amor. Después del artículo que has escrito en el que pones de relieve la situación actual con la pasada, cualquiera se atreve a dar una definición de Amor. Lo dejaremos para mejor ocasión.
Lo que sí he podido contrastar es que, a pesar de que la situación ha cambiado sustancialmente (sobre todo para la mujer) los probles y quebraderos de cabeza del Amor (conyugal y paternofilial) siguen siendo los mismos.
Posted by: Sergio at Julio 14, 2008 04:43 PM
Queridos José María y María Teresa:
Al final del post sobre el amor de José María, aparece la siguiente petición:
Por cierto, ya que estamos hablando de estas cosas… habrá algún prudente lector que sepa decirnos que es el AMOR….
Desde luego, no sería prudente el lector que se atreviese a decir qué es el amor. Y no seré yo el que e atreva, pero sí que me lanzo a hacer alguna reflexión para, tal vez, unidas a las de otros, arrojar un poco de luz sobre algo tan difícil. Permitidme empezar parafraseando a Gustavo Adolfo Bécquer diciendo: “El amor sois vosotros”. Intentaré justificar esta frase.
Si no me atrevo a decir qué es el amor, si me atrevo, en cambio, a decir qué no es. O al menos qué no es sólo el amor. El amor no es sólo un sentimiento más o menos excitante, agradable o doloroso como el que nos pinta Lope de Vega en su soneto
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir del rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño,
esto es amor: quien lo probó lo sabe.
No digo que este tipo de sentimientos no acompañe al amor, pero no sólo no es el amor, sino que ni siquiera forma parte de su esencia. El amor es un compromiso entre dos seres humanos para forjar un destino común más allá de cualquier tipo de avatar. Es una aventura vital que, a veces va acompañado de sentimientos fuertes como los descritos por Lope, pero las más de las veces no. Sin embargo, a medida que ese compromiso va recorriendo la vida, casi siempre aparece un sentimiento, menos tempestuoso pero infinitamente más sólido, de cumplimiento, de sentido de la vida en común, de meta en vía de alcanzarse. Lo que pasa es que el hombre (y la mujer) modernos, son alérgicos a este tipo de compromiso en el que creen que se compromete la libertad personal. Aunque en estas entradas suelo evitar, por no resultar pesado, alargarme con citas, en este caso me voy a saltar esta regla y voy a alargarme todo lo necesario, dada la complejidad del asunto. Naturalmente, el que no quiera soportarme, se va del blog y santas pascuas. Empiezo por añadir un largo artículo de G. K. Chesterton que lleva por título “Una defensa de las promesas temerarias”:
“Si un hombre próspero de nuestro tiempo, con un sombrero de copa y un traje de levita, se comprometiera solemnemente delante de todos sus empleados y amigos a contar las hojas de cada tercer árbol del Holland Park, a ir a la ciudad todos los jueves andando a la pata coja, a repetir setenta y siete veces toda entera la obra Libertad de Mill, a coleccionar trescientas amapolas en campos que pertenezcan a cualquiera que lleve el nombre de Brown, a quedarse durante treinta y una horas con su oreja izquierda en su mano derecha, a cantar los nombres de todas sus tías por orden de edad y encima de un autobús, o a realizar cualquier otra inusitada empresa, llegaríamos inmediatamente a la conclusión de que ese hombre estaba loco, o, como se dice algunas veces, “se trata de un artista de la vida”. Sin embargo, estas promesas no son más extraordinarias que las promesas que hacían en la Edad Media y en otras épocas semejantes, no sólo los fanáticos, sino las más grandes figuras de la civilización –como reyes, jueces, poetas y sacerdotes-. Un hombre juraba encadenar juntas a dos montañas, y allí colgaba la enorme cadena, se solía contar, durante años y años como un monumento a aquella locura mística. Otro juraba que iría a Jerusalén con un parche sobre sus ojos, y se moría en el intento. Juzgados racionalmente, no es fácil ver que estas dos hazañas tengan más cordura que los hechos antes sugeridos. Una montaña es generalmente un objeto inmóvil y seguro que no hace falta encadenarla por la noche como si fuera un perro. Y no es fácil a primera vista ver que un hombre haga homenaje a la Ciudad Santa poniéndose en camino hacia ella en unas condiciones que hacen muy improbable que llegue un día a su destino.
Pero hay en todo esto algo sorprendente que debe ser observado. Si algunas personas se comportaran de esa manera en nuestro tiempo, les miraríamos, como ya he dicho, como símbolos de “decadencia”. Pero los hombres que hicieron esas cosas no eran decadentes; pertenecían por lo general a las clases más robustas de lo que hoy se acepta como una edad robusta. Se alegará también que si unos hombres esencialmente cuerdos hicieron tales locuras, no tuvo más remedo que ocurrir bajo la caprichosa dirección de un sistema religioso supersticioso. Tampoco esto se resiste a examen; porque en esos aspectos de la vida que son puramente terrestres y hasta sensuales, como el amor y la lascivia, los príncipes medievales muestran las mismas y alocadas promesas y acciones, la misma deforme imaginación y el mismo y monstruoso sacrificio de uno mismo. Nos encontramos aquí con una contradicción para cuya explicación se hace necesario pensar desde el principio sobre la naturaleza de los votos o promesas. Y si consideramos seria y correctamente la naturaleza de los votos –a no ser que yo esté muy equivocado- llegaremos a la conclusión de que es perfectamente sensato, y hasta juicioso, jurar encadenar montañas; y que lo insensato es no hacerlo.
El hombre que hace una promesa se cita consigo mismo en algún lugar y tiempo distantes. El peligro que esto conlleva es que no acuda a la cita. Y en tiempos modernos este terror de uno mismo, de la debilidad y mutabilidad de uno mismo, ha aumentado peligrosamente y se ha convertido en la base real de la objeción a los votos o promesas de cualquier tipo. Un hombre moderno se refrena de jurar que va a contar las hojas de cada tercer árbol de Holland Park no porque sea una tontería hacerlo (pues hace cosas mucho más tontas), sino porque está profundamente convencido de que antes de que haya contado la hoja número trescientos setenta y nueve del primer árbol se encontrará tan excesivamente cansado del asunto que querrá irse a su casa a tomar el té. En otras palabras, tememos que cuando llegue ese momento será otro hombre diferente, por usar una expresión ordinaria pero espantosamente significativa: Ahora bien, es precisamente este cuento horrible de un hombre constantemente cambiando en otros hombres en lo que consiste el alma misma de la decadencia. El que John Paterson, con paz aparente, esté deseando ser un tal General Barker el lunes, un Doctor Mac Gregor el martes, Sir Walter Carstairs el miércoles, y Slam Slugg el jueves, puede parecer una pesadilla; pero a esa pesadilla le damos el nombre de cultura moderna. Un gran decadente, ahora muerto, publicó un poema hace algún tiempo en el que resumía con gran fuerza todo el espíritu del movimiento al declarar que podía estar en el patio de una prisión y entender por entero los sentimientos de un hombre a punto de ser colgado:
“Pues el que vive más de una vida
Ha de morir más de una muerte”.
Y el final de todo esto es ese horror exasperante de irrealidad que desciende sobre los decadentes, comparado con el cual el mismo dolor físico tendría la lozanía de algo en plena juventud. El infierno que la imaginación debe concebir como el más infernal de todos es estar eternamente actuando en un drama sin ni siquiera la más angosta y sucia habitación en la que poder ser humano. Ésta es la condición del decadente, del esteta del “amor libre”: estar perpetuamente atravesando peligros que sabemos no pueden ligarnos, desafiar a enemigos que sabemos no pueden conquistarnos –ésta es la tiranía burlona de la decadencia que llaman “liberación”.
Volvamos, por otra parte, al que hace un voto. El hombre que hizo una promesa, por descabellada que sea, dio una expresión natural y saludable a la grandeza de un momento. Prometió, por ejemplo, encadenar juntas dos montañas, quizá un símbolo de algún gran desagravio suyo, o de amor, o de ambición. Por breve que fuera el momento de su propósito, fue como todos los grandes momentos un momento de inmortalidad, y el deseo de decir de él “He conseguido un monumento más duradero que el bronce”, era el único sentimiento que daría satisfacción a su espíritu . El esteta moderno, por supuesto, vería aquí fácilmente la oportunidad emocional, y prometería encadenar juntas dos montañas. Pero luego prometería con la misma jovialidad encadenar la tierra y la luna. Y la consciencia marchita de que no pretendía decir lo que dijo, de que, en verdad no estaba diciendo nada de gran relevancia, le robaría exactamente ese sentido de audaz actualidad que constituye la emoción de la promesa. Pues, ¿qué podría ser más exasperante que una existencia en la que nuestra madre o nuestra tía recibieran con la genial tranquilidad de la mera costumbre ordinaria la información de que íbamos a asesinar al Rey o a construir un templo en Ben Nevis?
La rebelión contra votos o promesas se ha llevado en nuestros días hasta la rebelión contra la promesa típica del matrimonio. En este respecto es muy divertido escuchar a los que se oponen al matrimonio. Parecen imaginar que el ideal de la constancia era un yugo misteriosamente impuesto a la humanidad por el diablo, en lugar de ser, como lo es, un yugo consistentemente impuesto por todos los amantes sobre sí mismos. Han inventado una frase, una frase que es una obvia contradicción en dos palabras –“amor libre”- como si algún amante hubiera jamás sido libre o pudiera ser libre. La naturaleza del amor es atarse a sí mismo, y la institución del matrimonio no hacía sino hacer un cumplido al hombre ordinario tomando en serio su palabra. Los sabios modernos ofrecen al amante con una mueca de mal sabor las más amplias libertades y la más plena irresponsabilidad; pero no le respetan como la vieja Iglesia le respetaba; no escriben su juramento sobre los cielos como el testimonio de su momento más excelso. Le dan todas las libertades excepto la libertad de vender su libertad, que es la única que desea.
En la brillante obra de teatro de Bernard Shaw, The Philanderer, tenemos un vívido retrato de este estado de cosas. Cherteris es un hombre que trata perpetuamente de ser un amante libre –algo así como esforzarse por ser un casado soltero o un blanco negro. Vagabundea en búsqueda hambrienta de cierto alborozo que sólo puede poseer cuando tenga el coraje de parar su vagabundeo. En otros tiempos, los seres humanos sabían bien esto— en tiempos, por ejemplo de héroes de Shakespeare. Cuando los hombres en Shakespeare son realmente solteros alaban las indudables ventajes de la soltería: la libertad, la irresponsabilidad, la suerte del cambo continuo. Pero no eran tan imbéciles que continuaran hablando de libertad cuando se encontraban en tal situación que eran susceptibles de ser enviados a la felicidad o a la miseria por el solo movimiento de las cejas de alguna otra persona. En su alabanza de la libertad, Suckling pone al amor junto con la deuda:
“Y el que está bien apartado de los dos
Es el hombre más feliz del mundo.
Vive como si viviera en una época dorada,
Cuando todas las cosas eran compartidas;
Toma su pipa, toma su copa,
No teme al hombre ni a la mujer.”
Ésta es una posición perfectamente posible, racional y viril. Pero ¿qué tienen que ver los amantes con esa afectación ridícula de “no temer a hombre o mujer”? Saben que con el volteo de una mano toda la máquina cósmica hasta la más remota estrella puede convertirse en un instrumento de música celestial o en un instrumento de tortura infernal. Oyen una canción más antigua que la de Suckling y que ha sobrevivido a cien filosofías: “¿Quién es ésta que mira por la ventana, hermosa como el sol, clara como la luna, terrible como un ejército con banderas?”
Como decía, es exactamente esta escapatoria, esta idea de tener una retirada por detrás nuestro, lo que nos parece que es el espíritu esterilizador en el placer moderno. En todas partes se da el esfuerzo persistente e insano de conseguir placer sin pagar por él. Así, en la política, los modernos jingoístas vienen prácticamente a decir. “Tengamos los placeres de los conquistadores sin los sufrimientos de los soldados: sentémonos en sofás y seamos una raza endurecida”. Así, en religión y en moral, los místicos decadentes dicen: “Tengamos la fragancia de la sagrada pureza sin los dolores del control de uno mismo; cantemos himnos por turno a la Virgen y a Príapo”. Así en el amor dicen los abogados del amor libre: “Tengamos el esplendor de ofrecernos sin el peligro de comprometernos; veamos si acaso no sea posible suicidarse un número ilimitado de veces”. Hay que decir categóricamente que no funcionará. No hay duda por supuesto de que habrá momentos emocionantes para el espectador, el aficionado, y el esteta; pero hay una emoción que sólo es conocida por el soldado que lucha por su propia bandera, por el asceta que se muere de hambre por su propio alumbramiento espiritual, por el amante que finalmente toma su propia decisión. Y es esta disciplina transfiguradora de uno mismo la que hace del voto o promesa algo verdaderamente inteligente. Ha tenido que satisfacer el hambre gigantesca del alma de un amante o de un poeta saber que como consecuencia de un instante de decisión aquella extraña cadena colgará durante siglos en los Alpes, entre los silencios de las estrellas y de las nieves. A todo nuestro alrededor se encuentra la ciudad de pequeños pecados, pero tarde o temprano, se alzará desde el puerto la llama dominante anunciando que se ha acabado el reino de los cobardes y que un hombre está quemando sus naves”.
De este artículo me llama la atención algunas frases que entresaco especialmente:
“El hombre que hace una promesa se cita consigo mismo en algún lugar y tiempo distantes. El peligro que esto conlleva es que no acuda a la cita”.
“Tengamos los placeres de los conquistadores sin los sufrimientos de los soldados: sentémonos en sofás y seamos una raza endurecida”.
“Tengamos la fragancia de la sagrada pureza sin los dolores del control de uno mismo; cantemos himnos por turno a la Virgen y a Príapo”.
“Tengamos el esplendor de ofrecernos sin el peligro de comprometernos”.
“A todo nuestro alrededor se encuentra la ciudad de pequeños pecados, pero tarde o temprano, se alzará desde el puerto la llama dominante anunciando que se ha acabado el reino de los cobardes y que un hombre está quemando sus naves”.
Este es el miedo paralizador del hombre (y la mujer) modernos al compromiso. Pero no hay amor sin ese compromiso. Y así, vemos a nuestro alrededor tanto naufragio que se ha fraguado ya antes de empezar la travesía. Y quiero dejar constancia clara que este compromiso que, a mi modo de ver, forma el núcleo duro del amor, no nace de ninguna creencia religiosa que pueda profesar y que profeso. Es más bien al revés, la religión sigue a la naturaleza humana. Porque esto es lo que distingue al amor humano de cualquier otro amor, si es que hay algo que se pueda llamar amor y que no sea humano. Esto es lo que hace que el amor sea algo completamente distinto de la química. Y este compromiso, este amor, este romper la muralla china que nos encierra en nuestro subjetivismo, este salir del yo absoluto para enraizarse en el tú, es una esperanza de inmortalidad, es lo único que puede vencer a la muerte.
Puestos a citas, ahí va otra, esta de Julián Marías, que lleva dentro de sí otra de Gabriel Marcel:
“La creencia en el tú es esencial; el ser es el lugar de la fidelidad, que significa un compromiso desmesurado y la esperanza en un crédito infinito; estas ideas y la fe en la inmortalidad personal, están trabadas estrechamente con el amor, y se expresan admirablemente en la frase de un personaje de una obra de teatro de Marcel: ‘Tú, a quien amo, no morirás nunca’”.
Así, que volviendo a la poesía y a los clásicos, me quedo, antes que con Lope, con este otro soneto de Quevedo.
"Amor constante más allá de la muerte"
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:
Su cuerpo dejará no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Sólo este amor-compromiso da sentido a la vida y puede vencer a la muerte.
Perdido ya el pudor a alargarme y cualquier otro pudor, termino con algo muy íntimo. Una carta que escribí a mi hijo Tomás el día de su boda.
Querido Tomás:
Perdona que te diga por carta las ideas que se me vienen a la cabeza con ocasión de tu boda. La razón para hacerlo así es doble.
La primera, porque me daría un poco de “corte” eso de decirte: “hijo mío, tenemos que hablar antes de que te cases”, y luego tener una parrafada contigo. Me parece demasiado protocolario. La segunda, mucho más importante, porque las palabras se las lleva el viento y lo escrito queda. Siempre se puede romper, pero si se quiere conservar, ahí estará. También te quiero decir que esta carta la escribiría exactamente igual si fuese una hija la que se casase. Hecha esta pequeña aclaración formal, vamos al meollo de lo que te quiero decir.
Después de casi treinta años de casado, y con mi forma de ver la vida, quiero empezar por lo esencial. El fin del matrimonio es el de crear una comunidad que facilite a todos sus miembros el camino al Cielo. Esta comunidad se llama familia y es lo más grande que puede tener una persona sobre la tierra. Además, cuando estemos en el Cielo, no tendremos nada material, pero sí estaremos unidos con los miembros de nuestra familia. Y cuando tenga lugar la resurrección de la carne, seguiremos siendo una familia. Por lo tanto, la familia no es sólo para el tiempo, sino también para la eternidad. No es por tanto de extrañar que sea indisoluble. Pero que sea indisoluble no quiere decir que no pueda derrumbarse. Sería una calamidad, pero es posible. Por eso, tenemos que cuidar la familia como lo más sagrado que tenemos, y esto nunca es fácil. Como toda empresa difícil y arriesgada, requiere de toda nuestra energía y nuestra vigilancia constante. El amor no es sólo un sentimiento y, de vez en cuando, no es ni siquiera un sentimiento. Sin embargo, es siempre un acto de la voluntad que, si se hace como es debido, va frecuentemente unido a un sólido y maravilloso sentimiento que no suele tener mucho que ver con ese sentimiento dulzón que por ahí se llama amor. Y este sentimiento, el auténtico amor, lejos de disminuir con el tiempo, crece a medida que avanza la vida, si se vive bien. De ninguna manera pienses que por ser un acto de la voluntad es un sacrificio. Es una delicia y, como todos los logros que cuestan esfuerzo, requiere a veces del sacrificio. Te he dicho ya que requiere también nuestra vigilancia. Así es, hay que mirarlo cada día, dedicarle los cuidados y las atenciones necesarias y arrancar las malas hierbas que puedan surgir a su alrededor.
Un cuidado importante es huir cada día de la monotonía. La monotonía puede ser un veneno para el amor, pero la culpa de la monotonía no está en la vida, sino en los ojos del que la vive. Una buena norma es la de que cada uno intente que el esfuerzo para vencerla recaiga sobre uno mismo. Renovarse a uno mismo cada día, y ver al otro cada día con nuevos ojos. La costumbre no es mala, es necesaria para la vida, siempre que no sea mera rutina, mera repetición sin sentido. La repetición puede tener cada día sentido si pone uno toda su pasión en lo que repite cada día.. Además, nunca hay repetición. Si se fija uno, cada día los hijos han crecido un poco, hoy no son los de ayer y, paso a paso, van cumpliendo la vida. Si se fija uno bien, la otra persona es distinta cada día, y aunque un día pueda aparecer una arruga, las arrugas pueden ser también señales del cumplimiento de la vida. Renovarse quiere decir cuidarse. Si ayer le gustaste a tu mujer, haz lo necesario para seguirle gustando mañana. Cuida tu físico, sin exageraciones, pero sin abandono. No se trata de ocultar el paso del tiempo, tarea patética e inútil, sino de que el tiempo pase dignamente por tu cuerpo. Déjame citarte alguna frase de la Biblia que pueda recordarte esto. De antemano sé que muchas citas bíblicas suenan machistas para nuestros oídos. La Biblia está escrita por hombres concretos en circunstancias históricas concretas, pero en su mensaje eterno, los géneros son intercambiables a voluntad del que lo lea. Como sol que sale por montes empinados es la belleza de la buena mujer en casa ordenada. Lámpara que brilla en candelabro santo es un rostro bello en un cuerpo bien formado. Columnas de oro sobre bases de plata son las piernas bonitas sobre talones firmes. Eclesiástico 26, 16-18.
Otra forma de cuidado es la delicadeza. La costumbre no da derecho a las malas maneras. Hay que ser natural, pero no zafio ni grosero. La amabilidad no está nunca de sobra, siempre que no traspase la sutil frontera del empalago. En el misterio de las fronteras está siempre el secreto. La delicadeza es hija de la ternura. Hay que ser tierno con todos y cada uno de los seres humanos con los que nos crucemos en la vida, pero especialmente con los miembros de tu familia, con los que te rozas todos los días. Te diré además una cosa. En las relaciones conyugales, la ternura es un poderosísimo afrodisíaco que hace siempre deliciosas las relaciones físicas con la otra parte. Siempre recordaré una frase que leí en “El plan infinito”, una novela de Isabel Allende. Decía: “el amor es la música y el sexo es el instrumento”. Me parece una de las frases más sabias que he leído nunca. Dentro de la partitura del amor, el sexo puede crear momentos de una belleza inolvidable, pero fuera de ella es tan burdo como alguien que intentase jugar al tenis con un stradivarius. Y la partitura del amor exige delicadeza y ternura.
La discordia, por el contrario, es la principal de las malas hierbas. La única manera de arrancar esta mala hierba es con la humildad y la comprensión. Saber dar el brazo a torcer aunque se crea tener razón, saber contener la lengua, saber perdonar y olvidar lo que la otra persona nos ha dicho o hecho. No exasperes a tu mujer exigiéndole perfecciones imposibles que nunca te prometió, pero dale lo mejor de ti mismo con aparente naturalidad, aunque suponga un gran esfuerzo. Confía siempre en ella. Cuando actúe bien, confía en que lo seguirá haciendo, si alguna vez actúa mal, confía en que se corregirá si te lo dice. Que siempre te baste su palabra. No tengas celos de la mujer que amas ni la incites a portarse mal contigo. Eclo 9,1.
Huye del veneno de la frivolidad. Ni la frivolidad es alegría ni su ausencia es adustez. La frivolidad es, sencillamente, estupidez. Un juego estúpido con otra persona puede acabar en desastre. Es normal que la novedad pueda a veces deslumbrarnos, pero es difícil que un terreno sin cultivar, por muchas flores que tenga, valga más que otro lleno de árboles cargados con jugosos frutos en el que hay una casa construyéndose. Nadie cambiaría el uno por el otro, pero la frivolidad puede engañarnos con espejismos estúpidos. Retira tus ojos de la mujer hermosa, no te fijes en la belleza ajena. Eclo 9, 8. Por eso, no practiques nunca, nunca, juegos de frivolidad. Aunque parezcan inocentes al principio, estarás caminando al borde del abismo de la nada.
Procura estar siempre alegre y transmitir esa alegría a tu familia. Pero si alguna vez no puedes estarlo, no lo disimules, busca consuelo en ella. Construye tu familia como una fortaleza contra las desgracias de la vida. Aunque construir murallas es siempre un trabajo arduo, merece la pena. Pero no las construyas para aislarte del mundo en tu familia, sino que tu fortaleza sea la protección del manantial de vida que te permita llevar tu alegría al mundo. Y recuerda que ese manantial de vida que debe haber en el centro es Dios. Construye tu familia alrededor de Dios. Cada hijo será una muralla de tu fortaleza y tu mujer es la más interior. Dichoso el que honra al Señor y sigue sus caminos. Comerás del trabajo de tus manos, serás afortunado y feliz. Tu mujer será como viña fecunda en medio de tu casa; tus hijos como brotes de olivo alrededor de tu mesa. Esa es la bendición del hombre que honra al Señor. Salmo 128. Tener hijos y fundar una ciudad perpetúan al hombre, pero aún más la mujer irreprochable. Eclo 40, 19. La herencia que el Señor da son los hijos, el fruto de las entrañas es su recompensa: como saetas en manos de un guerrero, así son los hijos nacidos en la juventud. Dichoso el hombre que llena con ellas su aljaba: no será humillado cuando se enfrente con sus enemigos en el tribunal. Salmo 127.
No quiero engañarte, no te embarcas en una aventura fácil. Al contrario, es una aventura llena de dificultades y riesgos. Pero es más maravillosa que la conquista del universo. De hecho, el universo no es más que un pálido reflejo exterior de lo que hay en el alma de cada ser humano. Y fundar una familia es fundir tu universo con el de otra persona para engendrar nuevos universos que moldear, respetándolos, a vuestra imagen y semejanza. Antes te hablé de que era indisoluble porque era para la eternidad. Ahora te digo que es indisoluble porque es tan grande como la inmensidad de muchos universos en desarrollo y no tiene donde disolverse. Voces mezquinas que no hacen sino cantar a la luna, te dirán que el matrimonio sólo debe durar mientras dure una cosa que no saben lo que es a la que llaman amor. Nunca les hagas caso, al contrario, desprécialos con caridad. Una familia es lo más grande que un hombre puede hacer por la humanidad. Tú embárcate en esta grandiosa aventura sabiendo, no que has quemado tus naves para no volver atrás, sino que para descubrir y crear universos no hay nunca más que un camino: Hacia delante.
Que Dios os guíe a ti y a Blanca en ese camino.
Tu padre.
Siento haberme alargado un poco, pero espero que estas reflexiones mías, basadas en las de otros, puedan aclarar un poco vuestra pregunta inicial. Y acabo con lo que empecé: “El amor sois vosotros”.
Un abrazo y unas gracias inmensas.
Tomás
Posted by: Tomás Alfaro Drake at Julio 14, 2008 06:01 PM
Gracias, José María, por plantear una vez más los temas esenciales, con la aparente inocencia y sencillez de las preguntas de un niño. Para la última, no doy respuesta, pero sugiero la lectura de "Ensayos sobre el Amor", de José Ortega y Gasset, coeditado por Alianza Editorial y La Revista de Occidente. Yo manejo una reedición de 1992. Un abrazo
Posted by: Juan Carlos at Julio 15, 2008 06:56 PM
Querido José María
Quizá está claro que si hay algo que nos impulsa a hacer cosas con pasión, eso es el amor desde uno mismo, tanto hacia cosas como hacia personas. Y en sentido contrario: el amor impulsa a los que no somos nosotros a hacer cosas con pasión, tanto hacia cosas como hacia nosotros, los que lo recibimos. Es curioso ver que casi siempre hay un equilibrio entre los que dan y los que reciben, y es difícil que ese desequilibrio se rompa definitivamente. La esperanza es lo que hace que mantengamos ese equilibrio.
Por otra parte, una alabanza hacia tí y hacia María Teresa, que hago con palabras de Max Planck, científico importantísimo: "Siempre he considerado la búsqueda del absoluto como la meta más elevada de la actividad científica (..) y me puse a trabajar con pasión"
Un fuertísimo abrazo
David
Posted by: David at Julio 18, 2008 06:04 PM
Queridos José María y María Teresa,
Gracias por atender a nuestras peticiones, hablando del amor. Desde que nos avanzaste que lo harías, hemos sido muchos los que estábamos esperando. Pero, una vez más, con inteligencia e ironía gaditana, has hecho una cabriola y nos lanzas la pregunta a tus incondicionales lectores.
Vaya papelón. Estamos siempre cómodos, leyendo tus reflexiones, aprendiendo de tí, y de María Teresa, cuando tenemos el privilegio de visitaros, y de repente nos lanzas un reto.Díficil, difícilisimo, pero imposible de no asumirlo al venir de ti.
¿Qué es el amor? Nos preguntas tú, cuando estábamos esperando aprender de nuevo de ti…El amor son muchas cosas. Tantas que probablemente por ello sea díficil, sino imposible, definirlo con exactitud.
Creo que es algo básico para el ser humano, casi asimilable al respirar y al comer. Es algo imprescindible para vivir, en su sentido más amplio. El que no tiene amor, o amores, no vive, sólo pasa por la vida, que es completamente distinto.
Al reflexionar sobre el amor, vienen a mi cabeza numerosos ejemplos. De los primeros el vuestro. En estos años he comprobado la fortaleza del mismo y cómo, con vuestro ejemplo, habéis conseguido que muchos amigos vuestros demos importancia a las cosas que realmente la tienen.
Pero no me quiero escapar tan rápido de tu reto. Siguiendo tus enseñanzas, trataré de hacer una clasificación, para no perderme más de lo necesario.
Lo primero será reconocer que no existe un único tipo de amor. Que existen muchos, algunos de los cuales son complementarios y otros son imprescindibles para poder desarrollar los otros. Habría, pues, que distinguir entre los distintos tipos de amores.
Casi por orden cronológico, por cómo van surgiendo a lo largo de una vida, una posible clasificación podría ser algo parecida a la siguiente:
1. Amor a tus padres, hermanos y familia en general.
2. Amor a ti mismo
3. Amor a tus amigos
4. Amor a tu pareja
5. Amor a tus hijos
6. Amor a la vida
Lógicamente, podríamos hacer todo tipo de matices, pero creo que puede valer como una primera aproximación a un tema tan complejo.
1. Amor a tus padres, hermanos y familia en general.
Es el primero que se desarrolla, el que tú no eliges, te viene siempre dado. Es un sorteo, uno más, tal y como apuntabas tú en tus primeras reflexiones en este blog.
Probablemente es el que no te abandona nunca. Siempre tienes a alguien y, poco a poco, con el paso de los años, a medida que unos se van yendo, van surgiendo nuevos seres a los que amar. Podríamos llamarlo el “amor de la sangre”.
2. Amor a ti mismo
Aunque pueda sorprender, lo considero muy importante. Surge en tu adolescencia, con miedos, temores y verguenzas, y se va moldeando poco a poco. Creo que es fundamental, para afrontar la vida y las distintas experiencias, no siempre buenas, que vamos teniendo. Dependiendo de cómo se haya forjado este tipo de amor, seremos más fuertes y capaces de disfrutar de todo lo bueno y de afrontar lo que la vida nos vaya ofreciendo.
Aquí incluyo el amor por hacer las cosas bien, en lo personal y en lo profesional. El amor por los distintos hobbies que podamos desarrollar, llegando a veces a la categoría de pasión. Ese amor interior, si está bien moldeado, influenciado por una infancia y adolescencia feliz, será un grandísimo aliado para conseguir el resto de los amores y tener una existencia digna y plena,.
Aquí también incluyo tu concepto de “dejar huella”, en las distintas facetas que realices, y en el sentido genérico de que esa “huella” quede en todo lo que haces.
Si este tipo de amor está bien desarrollado, podremos tener capacidad de amar en el resto de las categorías. Si no es así, no seremos capaces de desarrollar los otros “amores”, al menos en plenitud. Si estás bien contigo mismo puedes amar a otros. Si no lo estás me parece muy díficil poder avanzar con garantías en el resto.
3. Amor a tus amigos
Importante y complementario. Es un amor distinto. Es el primero en que tu capacidad de elección se manifiesta. Los dos anteriores te vienen dados, impuestos. Tu familia es la que es y tú eres tú.
En este tipo de amor empezamos a elegir y es totalmente voluntario el mantenerlo. Hay amistades que son eternas, aunque estén separadas. Nunca es tarde para tener nuevos amigos y hay amigos que vas perdiendo, con la distancia, con el cambio de ambientes y experiencias. A veces recibes gratas sorpresas.Si pasado cierto tiempo te reencuentras, compruebas que no ha cambiado nada, que la sólidez de las bases de la amistad en las que fue construido hará que dure siempre. Es un tipo de amor muy gratificante. Saber que si necesitas ayuda otros te apoyarán es importante.
4. Amor a tu pareja
Sin duda el amor más difícil de describir. Probablemente sea el más díficil de conseguir – y de mantener. Se mezclan sentimientos adicionales, como la pasión y la amistad.
Cuando se alcanza es irrepetible. Es desarrollar una sintonía única. No es necesario hablar. Las miradas bastan y sólo deseas pasar el resto de tu vida con esa persona.
Sorprendentemente, es el único amor en el que, una vez conseguido, cierras las puertas voluntariamente a otras personas y deseas centrarte en una única persona. Es excluyente.Todos los demás amores son ilimitados – salvo el amor por ti mismo - en cuanto a los destinatarios finales. Siempre hay sitio para amar a alguien más. Pero en este no. Conseguir a tu “media naranja” es cerrar otras puertas, y eso le da una consistencia a tu amor de pareja.
Es un amor exigente, en el que estás dispuesto a renunciar a ti para dar al otro. La felicidad de la otra persona es la tuya. Renuncias a alguna parte de ti para vivir en pareja, para vivir junto a otra persona, compartiendo todo. Lo más íntimo y lo más cotidiano.
5. Amor a tus hijos
Es otro “amor de sangre” pero creo que hay que diferenciarlo del otro. Es distinto. Éste lo has elegido tú. Es seguir perpetuando la especie. Es dejar huella. Es volver a vivir tu vida, en otro cuerpo y con otros matices. Es incondicional. Sólo deseas que su existencia sea plena. Ser capaz de trasladarle las cosas realmente importantes de la vida. Dar las herramientas necesarias para que, haciendo su camino, sea capaz de conseguir la felicidad. Pase lo que pase, siempre estarás allí. Siempre perdonarás. Siempre estarás disponible.
6. Amor a la vida
Aunque sea el último en esta clasificación, lo considero básico, fundamental, para poder desarrollar los otros con éxito.Dependiendo del resultado de los distintos sorteos que te depare la vida, de los que tú hablabas, tu vida puede ser, aparentemente, mejor o menos buena.
Pero de tu amor a la vida, de tu alegría por vivir, de tu actitud frente a lo que te vaya ofreciendo los sorteos, depende el resultado final. No importa los mimbres que te toquen, si tienes amor a la vida, puedes hacer los cestos más bellos.
Creo que me he extendido demasiado y tengo la sensación de que el ejercicio está incompleto. El tema es de tal amplitud y complejidad que daría para toda una vida. Echo en falta otros amores, el amor a los demás, a los que no están incluidos en ninguna d elas categorías anteriores, el amor a Dios…Espero que otras reflexiones de tus seguidores de blog nos aporten nuevos enfoques y matices.
Por último, creo que es importante reconocer que el aprendizaje del amor, o de los amores, es continúo, no tiene ni principio ni final, es constante a lo largo de nuestra vida.Y en este sentido, aprendemos mucho de los amores ajenos, de cómo otros viven sus amores.
Creo que somos legión los que hemos aprendido de vosotros, de vuestro amor, en estos años. Habéis conseguido que reenfoquemos nuestra visión de la vida hacia lo importante. GRACIAS una vez más por vuestro ejemplo y por el amor que nos transmitís al hacer el esfuerzo de escribir en este blog.
Un fuerte abrazo a los dos,
Jose Luis
Posted by: Jose Luis at Julio 22, 2008 01:25 PM
Querido José María,
Según el dicho popular, "El amor es como una gomilla que une a dos infelices, y cuando uno la suelta, le da al otro en las narices".
Yo creo que pretender definir el amor es pretender definir los sentimientos y esa labor tiene como mínimo tantas definiciones como seres humanos hay.
En cualquier caso mil gracias por tu estupendo artículo que siempre esperamos con gran interés.
Un abrazo
José Antonio
Posted by: José Antonio at Julio 22, 2008 09:35 PM
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