Hoy nos ha dejado uno de esos hombres a los que sería aplicable la máxima churchilliana “Never so much was owed by so many to so few”. El propio Aleksandr Solzhenitsyn se definía como intransigente a tiempo completo, y muchas veces desde la segunda guerra mundial estuvo a punto de dejar la vida en tal empeño. Sin ningún ánimo de exagerar, debe decirse que la erosión del totalitarismo comunista (la otra versión totalitaria que el socialismo nos dejó en el siglo XX, además del fascismo) que produjo la obra de Solzhenistyn fue absolutamente decisiva en la evolución de los acontecimientos que culminarían después con la caída del comunismo en Europa. Archipiélago Gulag contribuyó a eliminar la coartada a esa pandilla de caprichosos acomodados que en nuestro continente y en Estados Unidos jugaban con la idea de las bondades del comunismo frente al fascismo que según ellos representaba la sociedad de sus padres.
La brutalidad y el carácter sistemático de la represión comunista, al igual que años antes el terror de la Shoá, quedaron de manifiesto para toda persona que tuviera ojos y quisiera ver más allá de su fanatismo. Nombres como Lubianka, Butirki, Lefortovo, nos son familiares por la minuciosa descripción que el autor nos hizo de los procesos de deshumanización que desarrollaba la maquinaria del socialismo real en dichas cárceles. Hoy Lubianka, entre la Plaza Roja y la Avenida Tyeskaya, es un centro de flujo turístico incesante, probablemente ajeno a los horrores de sus sótanos.
Es significativo que, en vez de una crónica hagiográfica de su martirio, Solzhenitsyn nos ofrece en todo momento la visión subyacente de que su tortura y cautiverio no fueron ni mucho menos los de peor condición, condierándose hasta cierto punto afortunado.
Para los juristas, recomiendo la relectura del capítulo de Archipiélago Gulag dedicado a la llamada administración de justicia soviética. Al papel de sus jueces y fiscales; nombres como Vishinsky o Krylenko deben quedar para siempre guardados en la memoria de la indignidad del Derecho. Un sistema que comenzaba la administración de justicia por el resultado, es decir, por el número de condenas que el régimen demandaba para asegurar su funcionamiento normal. A partir de ahí el proceso se construía hacia atrás, buscando las personas para ser condenadas y los delitos que imputarles.
Dice Martin Amis en “Koba el temible” que, a la pregunta retórica de “¿Cuánto pesa la Unión Soviética” dio respuesta Solzhenitsyn cuando, a finales de los sesenta, devolvió a las autoridades la citación en la que se le requería para presentarse en dependencias policiales, alegando su condición de hombre libre tras sus largas y tortuosas condenas. Como bien dice Amis, ese día la Unión Soviética y Solzhenitsyn venían a pesar aproximadamente lo mismo.
A continuación una muestra de la agudeza de Soltzhenitsyn, escrita hace treinta años (Discurso en Harvard en 1978) pero plenamente válida en nuestros días
El declive de la valentía
La merma de coraje puede ser la característica más sobresaliente que un observador imparcial nota en Occidente en nuestros días. El mundo Occidental ha perdido en su vida civil el coraje, tanto global como individualmente, en cada país, en cada gobierno, cada partido político y por supuesto en las Naciones Unidas. Tal descenso de la valentía se nota particularmente en las élites gobernantes e intelectuales y causa una impresión de cobardía en toda la sociedad. Desde luego, existen muchos individuos valientes pero no tienen suficiente influencia en la vida pública. Burócratas, políticos e intelectuales muestran esta depresión, esta pasividad y esta perplejidad en sus acciones, en sus declaraciones y más aún en sus autojustificaciones tendientes a demostrar cuán realista, razonable, inteligente y hasta moralmente justificable resulta fundamentar políticas de Estado sobre la debilidad y la cobardía. Y este declive de la valentía es acentuado irónicamente por las explosiones ocasionales de cólera e inflexibilidad de parte de los mismos funcionarios cuando tienen que tratar con gobiernos débiles, con países que carecen de respaldo, o con corrientes desacreditadas, claramente incapaces de ofrecer resistencia alguna. Pero quedan mudos y paralizados cuando tienen que vérselas con gobiernos poderosos y fuerzas amenazadoras, con agresores y con terroristas internacionales.
¿Habrá que señalar que, desde la más remota antigüedad, la pérdida de coraje ha sido considerada siempre como el principio del fin?
Descanse en paz, Aleksandr Isáyevich Solzhenitsyn


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