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Saturación de burbujas

Escrito el 2 diciembre 2008 por Juan Carlos Olarra en Cultura

Parece que en esto también se ha adelantado la Navidad, en su cara más consumista. En mi infancia uno de los primeros signos de la llegada de las fiestas eran los anuncios de una conocida marca de cava (entonces lo llamaban champán) protagonizados por alguna estrella de la pequeña o de la gran pantalla, rodeada de unas bellas señoritas que hacían de burbujas. Ya hacia finales de año, el público en general y los adultos en particular quedaban saturados de burbujas, tanto de las reales -por ingesta- como de las alegóricas que no dejaban de verse en LA televisión. En este año 2008, la saturación de burbujas se ha anticipado al otoño, y ya se hace insportable. No hay forma más segura de matar el efecto ilustrativo de una metáfora que reiterar su uso hasta la náusea.


En estos tiempos de crisis, todo es burbuja a nuestro alrededor. Nos hablaron en septiembre de la burbuja financiera, luego de la inmobiliaria, después de la hipotecaria… Esta mañana me he desayunado con sesudos comentarios de hábiles analistas glosando la burbuja automovilística. Moderación, por favor, que el exceso de burbujas produce gases y éstos tienen efectos perniciosos.
En el ámbito de la investigación económica, en su versión más accesible al público, se empezó a utilizar la metáfora de la burbuja (bubble) en los años noventa, para tratar de ilustrar los fenómenos de inflación excesiva del valor de los activos por razones puramente especulativas que llegaban un punto álgido desde el que no se emprendía un camino suave de descenso sino que, la súbita iliquidez de los activos derivada de su repentina falta de negociabilidad, producía una caída brusca de los precios, similar a un estallido. Dado que con frecuencia los activos de valor inflado (inflamado, más bien) se utilizaban como garantía de operaciones de financiación para ese mismo mercado, el efecto del estallido se multiplicaba enormemente. Hubo verdadera burbuja financiera en los noventa y hubo una evidente burbuja de las .com, más notable aún por la ausencia total de sustrato empresarial y el correlativo carácter netamente especulativo del mercado, a principios de este siglo.
Particularmente considero afortunada la metáfora utilizada para describir estos fenómenos en su momento, si bien creo que, como en muchas ocasiones, su traducción al español no lo es. Si queremos utuilizar toda la fuerza expresiva de la figura en nuestra lengua, deberíamos hablar de pompa o de globo, ya que en nuestro idioma una burbuja se asimila más bien a una pequeña particula de gas que, sin variar sustancialmente su tamaño, navega por un líquido hasta desvanecerse en la superficie. The bubble hace referencia a una situación en que el mercado va creciendo de tamaño de forma exagerada y artificial hasta un punto en el que no tiene más alternativa que estallar, con lo que todo el volumen aparente se esfuma, y no queda nada.
En todo caso, lo que no tiene sentido es utilizar el latiguillo para hablar de cualquier sector en crisis, sin tratar de analizar si las causas de dicha situación están relacionadas con el alza artificial y especulativa del precio de activos de inversión. Desde luego hablar de una burbuja automovilística denota una ignorancia enciclopédica y una superficialidad insoportable, además de una banalidad y pobreza de lenguaje alarmantes.
Animo pues a los expertos económicos, por un lado, y a los comunicadores de todo tipo, por otro, a ser rigurosos en el análisis y al mismo tiempo originales y amenos en la exposición de sus ideas y pensamientos. Dejen de saturarnos de burbujas, que bastante ardor de estómago tenemos ya. Un poquito de imaginación, por favor.

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