Hace unos meses varios compañeros hablábamos de los temas profesionales que nos gustan y de los que no. Si el derecho privado o el público, si la asesoría fiscal se está convirtiendo en una profesión de riesgo, si el concursal es rentable pero muy cerrado y “semicorrupto”… uno de los abogados ( jefe de la asesoría jurídica de una empresa importante) se limitó a decir: “ a mí lo que me gusta son las cosas cortas y odio las cosas largas”.
Sus subordinados lo corroboraban y decía que era misión imposible el conseguir entrar en su despacho con más documentación que un solo folio.
En su momento me pareció una postura frívola, pero últimamente estoy cambiando de opinión y la he llegado a considerar muy sensata. Decía que los grandes despachos (porque cobran por horas y por otros motivos) nos han acostumbrado a dedicar a los asuntos mucho más tiempo y papel de los necesarios, y que la gente es muy pesada…, y que agotan los asuntos… y luego siguen y siguen… innecesariamente hasta la extenuación… hay que plantarse: las “cosas cortas”.
Hace unos años escuché a Antonio Gala, el escritor, defender –como muchos- que lo fundamental en la vida son cosas pequeñas, las cosas sencillas.
Contaba que había estado muy próximo a la muerte y que, efectivamente, en los últimos momentos te vienen a la mente determinados recuerdos esenciales de tu vida. Él decía que no era una película, sino una especie de “collage” con diversas escenas simultáneas. Explicaba que esa esencia que te queda en los últimos minutos no está compuesta de grandes acontecimientos, sino todo lo contrario, de las cosas más sencillas.
Hablaba, por ejemplo, del momento en que tu padre te enseña a montar en bicicleta, del recuerdo de un perro comiendo de tu mano… no hay hueco para lo que durante su vida había venido considerando como los hitos principales que configurarían su memoria.
Al final realmente lo importante resulta que son las “cosas pequeñas”.
(L.Leis)


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