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JUGANDO A DIOSES

Escrito el 15 marzo 2012 por Juan Carlos Olarra en Derecho y RSC

No hay mayor sensación de poder (supongo) que la de tener la vida de otro en tus manos. Digo que lo supongo, porque las experiencias parecidas que la mayoría experimentamos tienen un ángulo completamente diferente. Tenemos en nuestras manos las vidas de nuestros hijos pequeños, de enfermos, de personas mayores, pero esa situación solo nos inspira una actuación posible: cuidarlos y atenderlos.

Recientemente se han suscitado dos debates que arrancan en el campo de la medicina pero que siempre aterrizan, por necesidad, en el ámbito del Derecho, y que tienen por objeto algo tan sensible como decidir sobre la vida de los demás. El primero de ellos lo abrió la Doctora Minerva en una prestigiosa publicación médica británica, cuando sugirió la posibilidad de “actuar” sobre neonatos con malformaciones o deficiencias, entendiendo por tal actuación su eliminación física. La Doctora justificaba su planteamiento en que la extrema debilidad y la altísima dependencia de tales seres no los hacía muy diferentes de los fetos objeto de abortos y que no podían considerarse realmente seres humanos sino proyectos de tales. En el año 1985 un buen amigo mío, fino jurista, ya sugirió que la combinación de la despenalización del aborto con una interpretación fría del artículo 30 del Código Civil podrían permitir matar neonatos con malformaciones significativas o con serias enfermedades congénitas. Lo cierto es que una vez que la regulación del aborto se limita a los plazos, nada parece impedir que éstos se muevan hacia delante o hacia atrás con cierta soltura.

Por otra parte, en este caso en los Estados Unidos, se ha suscitado una discusión sobre la viabilidad ética (y finalmente legal) de aplicar tratamientos hormonales a las personas que parecen serias enfermedades cerebrales a fin de evitar su desarrollo físico; su crecimiento (el tratamiento Ashley). La idea que a veces pasa por la cabeza de cualquier padre, de preservar eternamente la condición infantil de sus hijos para evitarle los “males” de la vida de adulto, se concreta con mucha mayor especificidad en el caso de los padres de niños con graves enfermedades cerebrales. Muchos de ellos (los de Ashley, en Seattle, los primeros) apuestan por frenar el desarrollo físico de sus queridos descendientes, a fin de aliviar los padecimientos ya de por sí enormes de las enfermedades que les aquejan. Cuando saltamos al plano moral (y finalmente legal) resulta mucho más difícil abordar el supuesto ¿Se puede regular la paralización del desarrollo de una persona?

No os doy respuestas. Solo planteo la complejidad de los supuestos que como juristas abordamos (esto es lo difícil de esta profesión, no cómo instrumentar una compleja operación corporativa). ¿Quién se atreve a regular en títulos, capítulos y artículos la vida de un ser humano?

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